
La gastronomía rumana es un reflejo de su historia: una mezcla fascinante de influencias balcánicas, otomanas, húngaras, eslavas y hasta austrohúngaras. Cada región del país ha aportado sus ingredientes, técnicas y costumbres para formar una cocina rica, reconfortante y llena de tradición.

Entre sus platos más representativos destaca la Ciorba de Burta, una sopa cremosa elaborada con callos de ternera, vinagre, nata agria y yema de huevo. Tiene un sabor ácido característico y suele servirse bien caliente, ideal para los fríos inviernos rumanos.

Otro clásico imprescindible es el Sarmale, rollitos de hojas de col fermentada rellenos de carne picada, arroz y especias, cocidos lentamente en una salsa de tomate. Es un plato típico de celebraciones y reuniones familiares.

La Mămăligă, muy parecida a la polenta italiana, se sirve como acompañamiento de guisos, quesos o incluso huevos fritos. Es un alimento humilde pero profundamente arraigado en la vida cotidiana rumana.

El Lángosi, de origen húngaro, es una masa frita que puede llevar queso, nata agria o incluso ajo, ideal para comer en la calle.

Y como postre, el delicioso Strudel cu mere, un pastel de hojaldre relleno de manzana especiada, que evidencia la influencia austriaca en la repostería local.


